8.12.08

A la inglesa


Sábado a la noche, como tantos otros, él embebe su cuerpo en licores que exaltan su hombría. Ella se rodea de mujeres que no le hacen sombra, en un país que le es extraño. La noche está naciendo, el boliche sobrecargado de contornos que deambulan, y todos expectantes.
El cree acercarse a una de aquellas múltiples bestias al acecho sin encontrar lógicamente barreras. Se agotan las palabras en un intercambio de sabores. El pasatiempo comienza a elevar la apuesta, se traspasan barreras. Ella completamente desposeída, lo invita a su casa. Él luchando con mantener la compostura, se entrega a las concesiones de Venus.
Una vez en el departamento en cuestión, continuaron con el juego. Se desgajaron abruptamente hasta la desnudez, y en el momento de pasar al nivel más elevado, se percatan de la ausencia de la funda protectora.
Él embriagado, pero ante todo un caballero, se viste y a los tumbos intenta salir a la calle, consultándole cuál era el lugar más cercano para la adquisición del producto. Ella, vencida por las estrellas, prefiere permanecer en la hospitalidad de su cama y le da las indicaciones del caso. Un poco excedida en galanterías baratas, le da las llaves para no tener que lidiar con el estupor de la noche.
Baja, se adentra en la espesura del momento, sigue las instrucciones de su partener, llegando al lugar indicado que se hallaba durmiendo, al igual que sus vecinos. Combatiendo y negándose a una derrota, sigue caminando, hasta encontrar en las cercanías, un oasis en aquella penumbra. Lleva a cabo la transacción necesaria y emprende el retorno. Se divierte con las llaves, se regocija de su suerte, camina mirando el cielo, observa los edificios, hasta apreciar el parecido de aquellos. La similitud era tan, pero tan asombrosa, que no había indicios del lugar de partida.
¡Maldito alcohol! Lo nubló, lo perdió, y como una ironía del tiempo, lo llevo a su casa, con un paquete sin usar y las llaves de una extranjera que aun lo espera…

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