22.10.10

Pasó



Infranqueable

Era la noche oscura de un lunes; marcaba la semana que definiría años de libros enrejados. La ansiedad recorría cada partícula del cuerpo, las letras se enmarañaban entre desayunos, almuerzos, meriendas y cenas. Difícil precisar en qué momento del día se hallaba, si es que aun podía distinguirlo. Estar con el pie en un día feriado luego de un fin de semana de estudio, atolondraba su brújula.
Ante la imposibilidad de realizar cálculos cedió a las vueltas de sus sábanas. En el punto culminante en que las ovejas se transforman en figuras múltiples - donde lo que se decreta es la sinrazón del suceso - suena el timbre de su departamento.
¡Increíble! Intentó esforzarse por lograr que sus parpados se despeguen tanteando paralelamente el reloj para saber la hora. Mira el ventanal envuelto aún de madrugada y concluye que el ruido debería ser de su imaginación. Acomoda la almohada, da vueltas, rueda en caída libre hasta dar nuevamente con el absurdo. Vuelve a escuchar el timbre, esta vez acompañado por golpes en la puerta mezclados con la voz de su amigo. “Matilde ¿Estás ahí?”.
Cuando lo insólito se conjuga con lo cotidiano, ella se pone de malhumor. Abrió la puerta, lo miró fijamente esperando una respuesta que no se hizo presente.
Entró al departamento con firmeza, serio, el ceño fruncido. Con vagas palabras intentó disculparse por la hora. Tomó asiento en los sillones que se improvisaron en el lugar de su cama.
Matilde caminaba dentro del más exótico laberinto; no asimilaba cómo habían llegado esos muebles hasta ahí. Sus expresiones no cesaban de manifestar desconcierto y enojo. Sin embargo, él era casi un hermano, debía escucharlo.
Una vez mas le pidió disculpas y le preguntó cómo se sentía, qué había estado haciendo en los últimos días. Fue evidente que deseaba cortar la tensión. Ella hizo un gesto. Aquella reacción lo condujo al centro de su cometido: “Esta noche voy a partir muy lejos, así lo han arreglado para mí y creo que este viaje va a ser una experiencia maravillosa”. Atónita ante esas palabras, comienza a reclamarle cómo él, su entrañable amigo, iba a dejarla. Justo ahora, cuando su vida era un torbellino. Por un lado, las cosas con su novio no iban del todo bien; por otro, se estaba recibiendo y lo quería presente en la entrega de su título. Definitivamente no podía aceptar la partida, “¿Dónde te vas? ¿Cuándo te vas?”. Con la mejor sonrisa posible y ya con sus ojos empañados le pide serenidad. Cuenta que no le permiten precisar el motivo ni destino del viaje; que quién lo había orquestado sólo le daba la posibilidad de despedirse de una única persona.
Un silencio cómplice indicó la pausa que se sucedería con su voz: “No voy a dejar de estar a tu lado, no es mi deseo el abandonarte. Nada es definitivo, sólo serán unos años antes de volver a encontrarnos”. Ella, balbuceó: “Me lo prometiste, dijiste que ibas a venir a mi graduación, ¿Vas a dejarme un teléfono? ¿Un mail? ¿Algo?”. Comenzó a reírse, a carcajadas, como nunca antes lo había hecho. Su risa llenaba el ambiente de calidez y a la vez de congoja.
Matías vuelve a hablar levantándose para el último abrazo, ese que los llevaría a recorrer cada recuerdo compartido, cada travesura que los aliaba. Sosteniéndola entre sus brazos le susurra: “Nos volveremos a reunir, no hay grieta intransitable, y menos para tu tozudez ¿O es que acaso me la vas a negar?”. Sensibilizada hasta la última célula logra regalarle una sonrisa. Le desea suerte, le pide que se cuide y que escriba con asiduidad. Lo acompaña hasta la puerta cerrándola con cierta negación. Voltea, se acuesta en su cama con una paz que le es ajena; con una alegría intermitente mezclada con el recuerdo de la charla. Vuelve a dormirse.
A las siete de la mañana la luz comienza a filtrarse por la ventana. El día ha comenzado. Aturdida, no recuerda lo acontecido pero siente cierta pesadumbre.
Como es habitual, se dirige a la cocina para calentar el agua; suena el teléfono. Su madre, entre sollozos, dice: “No vayas a la Facultad, estoy saliendo a buscarte, tenemos que ir a ver a Matías. Te explico cuando llego”. Se sienta en su cama, vuelven de forma instantánea los recuerdos del sueño despertando una devastadora ausencia.


10 comentarios:

Humberto Dib dijo...

Hermoso texto, Romina. Me admira que postees algo tan extenso, pues yo soy medio "cobarde" en ese aspecto, ya que pienso más en los otros que en lo que a veces subiría.
Te dejo un beso.
Humberto.

Daniel Os dijo...

Claro, es cuestión de años… la unión entre Matilde y Matías es eterna.
D.

Romina E. dijo...

Muchas GRacias Humberto! Aunque considere el temita del tamaño, sentía ganas de subirlo. Y generalmente en mi gana ese impulso y rara vez canta victoria la lógica en mis pasatiempos.

Daniel OS: es otra forma de distancia, ¿las peceras, vio? Ud sabe... Besos!

rmc749 dijo...

Otro mas que alucina es bellisimo.
Sería agradable que pegues una vuelta por el mio: www.notturnasong.blogspot.com
Gracias!!

Mitelstet dijo...

todas las uniones son eternas, no solo las de amor

Silvio dijo...

Es terriblemente triste. Me encantó el recurso.

Hermoso texto, lo aprecio mucho.

Marcela dijo...

Claro que van a reunirse. Es inevitable.
Un texto muy bonito.
Beso.

Petardo Contreras dijo...

Grosa como siempre Romina!
Le mando un osculo!

Lao dijo...

Muy buen relato con un final sorpresa y abierto. ¿que le pasé entonces a Matías?....Muchos saludos.

manu dijo...

El presagio de una despedida. A veces el alma cuando el cuerpo duerme, logra conexiones imposibles de explicar. Serían siempre lindas…aquellas despedidas, con un buen último abrazo, de esos que valen para muchos años.

Un abrazón!